
EN LA SELVA NO HAY ESTRELLAS
(Parte UNO)
«En la selva no hay estrellas» es el título que diera Armando Robles Godoy a un cuento que, hace exactamente cuarenta años, lo llevaría a realizar uno de los mejores y más innovadores largometrajes peruanos. Es la historia de un personaje ambicioso que roba el oro de una etnia de nuestra selva y se pierde en su intento por llegar nuevamente a la civilización. Camina durante días y días (recordando su infancia, amores y demás) hasta que vuelve al punto de partida. La frondosidad de los árboles amazónicos le impiden guiarse por las estrellas y finalmente muere de inanición.
Algo parecido le sucede desde hace año y medio a la mayoría de los banqueros, calificadores de riesgo y fondistas de inversión y, en no menor medida, a políticos e incluso a experimentados economistas. En la tupida arboleda de la globalización financiera y en la desesperación de sus gestores por gozar del botín de las altas rentabilidades de las bolsas, la venta de viviendas y otras inversiones -cuando menos desde que acabó la recesión del año 2001- saltaron con optimismo de liana en liana para alcanzar el cielo. No se dieron cuenta de que estaban dando vueltas sin orientación alguna, a pesar de las advertencias, rayos y truenos incluidos, de un solitario Nouriel Roubini -profesor de la Universidad de Nueva York- de cuyos pronósticos económicos pesimistas se burlaban hasta hace poco todos los gurús que pensaban salir indemnes.
Y no es para menos, porque a falta de estrellas-guía se fueron perdiendo cada vez más en las oscuridades y peligros del bosque. Hay formas de salir, pero requieren conocimiento de causa y rechazo de intereses particulares de corto plazo. Tal como lo hiciera en 1971 Juliane Koepcke, aquella chiquilla de 17 años que -regresando de Lima a Pucallpa el 24 de diciembre para festejar la navidad con su padre, biólogo investigador- logró volver a la vida después de que su avión (cuya compañía desplegaba el eslogan "Solo con LANSA el Perú avanza") fuera derribado por un rayo en plena selva. En el accidente fallecieron 91 personas, entre ellas su propia madre, ornitóloga cuya memoria se mantiene viva, no sólo entre sus familiares sino incluso por los tres pájaros que descubrió en la Amazonia y llevan su nombre. Juliane no necesitó de las estrellas para guiarse, ni de conservas para sobrevivir. Durante doce días siguió los hilos acuáticos, los riachuelos y arroyos, alimentándose de insectos, ranas y raíces, gracias a que su padre le había enseñado las diferencias entre las variedades comestibles y las venenosas. Lo que al final, tras construirse una pequeña balsa de maderos, le permitió llegar al Pachitea y al Ucayali, ese gran afluente del Amazonas.
Roubini ha transitado por el bosque económico como Juliane, alertando sobre las inminentes amenazas de inflación y recesión en los EEUU. Desde principios del año pasado venía argumentando sus sospechas: que el precio del petróleo seguiría subiendo y podría alcanzar los 80 dólares; que se estaba produciendo una crisis en la construcción de viviendas y que la burbuja hipotecaria iba a estallar; que la inflación estaba bajo amenaza y que las subidas de la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal (que llegó a 5,5% hasta hace poco) afectarían negativamente a la economía con un retraso de 6 a 9 meses, todo lo que desafortunadamente se ha cumplido en gran parte, como lo confirman la tremenda volatilidad de los mercados, la caída de las bolsas de valores, la fluctuación de los precios de las materias primas, la necesidad de los bancos centrales de la UE y de EEUU de inyectar sumas multimillonarias, etc.
Y es que, en efecto, comparando el crecimiento anual del segundo trimestre del año pasado con el del presente año, la evidencia es nítida: La inversión bruta privada se desaceleró de 2,5% a 0,3%; la inversión residencial apenas pasó de un aumento del 1,6% (en 2005 había sido del 8%) a un pálido 0,6%; la fundamental inversión bruta fija no residencial descendió de un crecimiento del 2,8% al 0,3%; y el consumo duradero cayó aún más, de -0,7% a -1,4%. A ello se añade que en el segundo trimestre de este año, el desempleo aumentó hasta el 4,6% de la fuerza laboral, la construcción de casas cayó un 17% y la cantidad de viviendas que terminaron de construirse descendió un 28%. Además, el servicio de la deuda de las familias se encuentra en el 14,5% y sus obligaciones financieras llegan al 19% del ingreso
(Parte UNO)
«En la selva no hay estrellas» es el título que diera Armando Robles Godoy a un cuento que, hace exactamente cuarenta años, lo llevaría a realizar uno de los mejores y más innovadores largometrajes peruanos. Es la historia de un personaje ambicioso que roba el oro de una etnia de nuestra selva y se pierde en su intento por llegar nuevamente a la civilización. Camina durante días y días (recordando su infancia, amores y demás) hasta que vuelve al punto de partida. La frondosidad de los árboles amazónicos le impiden guiarse por las estrellas y finalmente muere de inanición.
Algo parecido le sucede desde hace año y medio a la mayoría de los banqueros, calificadores de riesgo y fondistas de inversión y, en no menor medida, a políticos e incluso a experimentados economistas. En la tupida arboleda de la globalización financiera y en la desesperación de sus gestores por gozar del botín de las altas rentabilidades de las bolsas, la venta de viviendas y otras inversiones -cuando menos desde que acabó la recesión del año 2001- saltaron con optimismo de liana en liana para alcanzar el cielo. No se dieron cuenta de que estaban dando vueltas sin orientación alguna, a pesar de las advertencias, rayos y truenos incluidos, de un solitario Nouriel Roubini -profesor de la Universidad de Nueva York- de cuyos pronósticos económicos pesimistas se burlaban hasta hace poco todos los gurús que pensaban salir indemnes.
Y no es para menos, porque a falta de estrellas-guía se fueron perdiendo cada vez más en las oscuridades y peligros del bosque. Hay formas de salir, pero requieren conocimiento de causa y rechazo de intereses particulares de corto plazo. Tal como lo hiciera en 1971 Juliane Koepcke, aquella chiquilla de 17 años que -regresando de Lima a Pucallpa el 24 de diciembre para festejar la navidad con su padre, biólogo investigador- logró volver a la vida después de que su avión (cuya compañía desplegaba el eslogan "Solo con LANSA el Perú avanza") fuera derribado por un rayo en plena selva. En el accidente fallecieron 91 personas, entre ellas su propia madre, ornitóloga cuya memoria se mantiene viva, no sólo entre sus familiares sino incluso por los tres pájaros que descubrió en la Amazonia y llevan su nombre. Juliane no necesitó de las estrellas para guiarse, ni de conservas para sobrevivir. Durante doce días siguió los hilos acuáticos, los riachuelos y arroyos, alimentándose de insectos, ranas y raíces, gracias a que su padre le había enseñado las diferencias entre las variedades comestibles y las venenosas. Lo que al final, tras construirse una pequeña balsa de maderos, le permitió llegar al Pachitea y al Ucayali, ese gran afluente del Amazonas.
Roubini ha transitado por el bosque económico como Juliane, alertando sobre las inminentes amenazas de inflación y recesión en los EEUU. Desde principios del año pasado venía argumentando sus sospechas: que el precio del petróleo seguiría subiendo y podría alcanzar los 80 dólares; que se estaba produciendo una crisis en la construcción de viviendas y que la burbuja hipotecaria iba a estallar; que la inflación estaba bajo amenaza y que las subidas de la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal (que llegó a 5,5% hasta hace poco) afectarían negativamente a la economía con un retraso de 6 a 9 meses, todo lo que desafortunadamente se ha cumplido en gran parte, como lo confirman la tremenda volatilidad de los mercados, la caída de las bolsas de valores, la fluctuación de los precios de las materias primas, la necesidad de los bancos centrales de la UE y de EEUU de inyectar sumas multimillonarias, etc.
Y es que, en efecto, comparando el crecimiento anual del segundo trimestre del año pasado con el del presente año, la evidencia es nítida: La inversión bruta privada se desaceleró de 2,5% a 0,3%; la inversión residencial apenas pasó de un aumento del 1,6% (en 2005 había sido del 8%) a un pálido 0,6%; la fundamental inversión bruta fija no residencial descendió de un crecimiento del 2,8% al 0,3%; y el consumo duradero cayó aún más, de -0,7% a -1,4%. A ello se añade que en el segundo trimestre de este año, el desempleo aumentó hasta el 4,6% de la fuerza laboral, la construcción de casas cayó un 17% y la cantidad de viviendas que terminaron de construirse descendió un 28%. Además, el servicio de la deuda de las familias se encuentra en el 14,5% y sus obligaciones financieras llegan al 19% del ingreso
(MAÑANA PUBLICAMOS LA OTRA PARTE DE ESTE ARTÍCULO)
JÜRGEN SCHULDT
Publicado en "La Insignia", Perú, el 23 de agosto de 2007
No hay comentarios:
Publicar un comentario