lunes, 10 de septiembre de 2007

UN TEMA PARA PENSAR

LA NAVE DE LOS LOCOS

José Luis Sampedro, en su última novela, La Senda del Drago, califica como “nave de los locos” a nuestro desarrolladísimo mundo occidental. Y tiene más razón que un santo. Claro que esa tradicional expresión de "tener más razón que un santo" últimamente está bastante devaluada. Con la cantidad de santos que canonizó Juan Pablo III el valor de los santos ha bajado mucho –ya se sabe, la ley de la oferta y la demanda, el mercado es el mercado–. Ahora te encuentras santos a la vuelta de la esquina, por ejemplo, a san Jose María Escrivá de Balaguer, gran reformador del cristianismo, que demostró palpablemente que esa afirmación del Evangelio: "No podéis servir a Dios y a la riqueza" está totalmente obsoleta, y hoy se puede servir fielmente a Dios y al dinero, como ha dejado meridianamente claro el luminoso ejemplo de los señores Bush y Aznar.

Dejando aparte lo de los santos, a José Luis Sampedro le sobran razones para afirmar que la sensatez de nuestro mundo está por los suelos. La matanza en la universidad de Virginia es un destello que muestra los desequilibrios profundos a que está sometida nuestra sociedad. La pasión por las armas se ha convertido en una verdadera locura, y lo peor no son los cientos de millones de pistolas y rifles que los norteamericanos guardan en sus casas, por si es necesario pegarle un par de tiros a un vecino molesto. Eso es muy lamentable, pero, al fin y al cabo, allá ellos. Lo verdaderamente preocupante son los cientos de miles de misiles, carros de combate, cazabombarderos, portaaviones y, para remate, armas nucleares con las que se puede destruir el mundo unas cuantas veces. Y el colmo de la demencia es pretender que todo eso se hace para salvaguardar la libertad y la democracia.

En el fondo de esa pasión por las armas está la pasión por el dinero que constituye el cimiento de la civilización capitalista. El sistema capitalista, que en el siglo XVIII, en tiempos de Adam Smith, pudo alegar alguna justificación racional, hoy está totalmente fuera de todo sentido, toda finalidad y toda sensatez humana. El ídolo del crecimiento económico reina de una manera casi absoluta en todo el mundo, y a él se sacrifican todos los valores humanos que haga falta.

En un mundo amenazado no sólo por el cambio climático, sino por algo todavía más peligroso, el agotamiento de los recursos, se invierten cada año ¡¡400.000 millones de dólares!! en publicidad, es decir, en estimularnos al consumo cada vez más acelerado de esos recursos que se están agotando.

En Francia, un país que se considera dotado de gran madurez política, en las elecciones a presidente va por delante un individuo que apela a la necesidad y las virtudes del trabajo, cuando en los barrios periféricos de las grandes ciudades el cuarenta por ciento de los jóvenes está en paro. ¿Se está cachondeando de esos jóvenes? ¿O es que no se da cuenta de la burla que su discurso sobre el trabajo supone para los miles de millones de seres humanos a los que el sistema capitalista deja mano sobre mano y con el hambre royéndoles las entrañas?

Sí, efectivamente, nuestro mundo es la moderna nave de los locos. Pero hay algo en que la nave sigue siendo una embarcación clásica: se mueve a remo. Cada uno empuñamos nuestro remo y remamos en la dirección en que nos da la gana. No le podemos echar la culpa al timonel, ni al jefe de máquinas, ni al capitán. La nave la movemos entre todos. Seguramente el mayor avance de la humanidad es la mayor conciencia de nuestra libertad. Y seguramente la mayor fuente de realización humana y de satisfacción en la vida es ejercitar gozosamente nuestra libertad, aunque sea sudando al remar contra corriente.

(de Web “LA INSIGNIA” España)

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