VEJEZ: CARA Y CECAFuente: La Opinión on line
Rafaela Argentina
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miércoles - 27 de mayo 2008
Hay dos modos fundamentales de mirar la propia vejez: aceptarla o rechazarla. Por supuesto, existen estados intermedios, como resignarse, seguir adelante a pesar de todo, sobrevivir, etc. Cada persona anciana tiene su modo personal de transitar el último tramo de su vida.
No faltan los que la toman con humor. Alguien comentaba:
"Estamos envejeciendo cuando hacemos desaparecer las arrugas que el espejo nos muestra con sólo quitarnos las gafas". Otro: "Es cosa buena tener veinte años en un rincón del corazón, pero es muy lamentable que, simultáneamente, se tengan ochenta en el resto del organismo". Un tercero: "Cada vez que me encuentro con alguno de mi generación pienso si él me verá tan decrépito como yo a él". Y un cuarto: "Según sea el miembro de mi familia que me juzgue, o soy un anciano venerable o soy un viejo insoportable".
A una viejita que había superado los 100 le preguntaron si tenía alguna preocupación especial. Como si tal cosa, ella respondió: "Ahora no, sobre todo desde que logré que todos mis hijos fueran internados en el geriátrico"...
Hubo una encuesta entre personas que habían superado los 80. La pregunta era precisa: ¿A qué debe su longevidad? Cada viejito dio su explicación: comer solamente lo necesario, moderarse en el consumo de alcohol, no fumar, evitar comidas complicadas o con mucha grasa, tener una vida ordenada y cosas parecidas. Un abuelo que superaba los 90 escuchaba atentamente sin pronunciar palabra. Invitado a responder, hizo una breve pausa, como para pensar. "¿A qué se debe mi longevidad?
Supongo a que... no me morí antes".
Cicerón sugería: "Esfuérzate para llegar a viejo con tiempo, si deseas ser viejo durante mucho tiempo". A propósito, viene bien reproducir lo que escribiera el Dr. G. Aráoz Alfaro: "Para los que vayan aproximándose a los cincuenta años, les doy esta receta, en parte personal: 'No querer envejecer, no dejar envejecer el espíritu'. En efecto, envejecer realmente es aceptar que todo se ha concluido, que la partida está jugada, que la escena pertenece enteramente a los demás. La ancianidad temible, la verdadera 'senectud' lamentablemente no es la de los años que se acumulan. Es, sobre todo, la del envejecimiento del alma".
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