CUANDO LAS IDEASVENCEN AL TIEMPO...
N. de R. Sacado de contexto del artículo: “Karl Marx o el espíritu del mundo” del que es autor Jacques Attali Economista francés, filósofo, escritor, asesor económico de Nicolas Sarkozy, originalmente publicado en “La Jornada” de México y que esta reproducido ayer, domingo 29 de junio en “La República”
Lo digo sin énfasis ni nostalgia. No soy ni nunca fui "marxista" en ningún sentido de la palabra. La obra de Marx no me acompañó en mi juventud; por increíble que pueda parecer, ni siquiera oí casi pronunciar su nombre durante mis estudios de ciencias, de derecho, de economía o de historia. Mi primer contacto serio con él pasó por la lectura tardía de sus libros y por una correspondencia con el autor de Pour Marx, Louis Althusser. A partir de entonces, el personaje y la obra jamás me abandonaron.
Marx me fascinó por la precisión de su pensamiento, la fuerza de su dialéctica, la potencia de su razonamiento, la claridad de sus análisis, la ferocidad de sus críticas, el humor de sus agudezas, la claridad de sus conceptos.
Cada vez con mayor frecuencia, con el correr de mis investigaciones, experimenté la necesidad de saber lo que él pensaba del mercado, de los precios, de la producción, del intercambio, del poder, de la injusticia, de la alienación, de la mercancía, de la antropología, de la música, del tiempo, de la medicina, de la física, de la propiedad, del judaísmo y de la historia. Hoy en día, siempre consciente de sus ambigüedades, sin compartir casi nunca las conclusiones de sus epígonos, no existe un tema en el cual me haya internado sin preguntarme qué fue lo que él pensó. Y sin encontrar un inmenso interés en leerlo.
Cuándo se descubre su vida, también se toma conciencia de la increíble actualidad de este extraordinario destino considerado en todas sus contradicciones. Primero, porque el siglo que atravesó se parece de manera sorprendente al nuestro.
Cuándo se descubre su vida, también se toma conciencia de la increíble actualidad de este extraordinario destino considerado en todas sus contradicciones. Primero, porque el siglo que atravesó se parece de manera sorprendente al nuestro.
Como hoy, el mundo estaba dominado demográficamente por el Asia y económicamente por el mundo anglosajón. Como hoy, las tecnologías revolucionaban la producción de energía y de objetos, las comunicaciones, las artes, las ideologías, y anunciaban una formidable reducción del rigor y la dificultad del trabajo.
Como hoy, nadie sabía si los mercados estaban en vísperas de una ola de crecimiento sin precedentes o en el paroxismo de sus contradicciones. Como hoy, las desigualdades entre los más poderosos y los más miserables eran considerables. Como hoy, algunos grupos de presión, a veces violentos, hasta desesperados, se oponían a la globalización.
Como hoy, alguna gente tenía esperanza en otra vida, más fraterna, que liberaría a los hombres de la miseria, de la alienación y el sufrimiento. Como hoy, una gran cantidad de escritores y de políticos se disputaban el honor de haber encontrado el camino para conducir a esa meta a los hombres, por las buenas o por las malas. Como hoy, algunos hombres y mujeres valientes, en particular periodistas como Marx, morían por la libertad de hablar, de escribir, de pensar. Como hoy, por último, el capitalismo reinaba como dueño y señor, influyendo en todas partes en el costo del trabajo, modelando la organización del mundo sobre la de las naciones europeas.
Ningún autor tuvo más lectores, ningún revolucionario concitó más esperanzas, ningún ideólogo suscitó más exégesis y, fuera de algunos fundadores de religiones, ningún hombre ejerció sobre el mundo una influencia comparable a la que tuvo Karl Marx en el siglo XX.
(SACADO de CONTEXTO)
Ningún autor tuvo más lectores, ningún revolucionario concitó más esperanzas, ningún ideólogo suscitó más exégesis y, fuera de algunos fundadores de religiones, ningún hombre ejerció sobre el mundo una influencia comparable a la que tuvo Karl Marx en el siglo XX.
(SACADO de CONTEXTO)
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