EL PIB PASO DE MODAPor Hazel Henderson
Economista de EE UU, autora de
la serie televisiva Ethical Markets.
La credibilidad de la profesión de economista y de sus modelos macroeconómicos y de riesgo ha quedado hecha polvo por la debacle financiera guiada por Wall Street. Muchos analistas ven a esta crisis, la peor desde la segunda guerra mundial, como el principio del fin del fundamentalismo del mercado como conductor de la globalización. También queda en evidencia el hecho de que estados unidos no es más la única superpotencia mundial. La fuerza militar esta retrocediendo ante las nuevas armas utilizadas en la geopolítica actual: el dinero y los ataques cibernéticos.
Incluso el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, ahora llama a la reglamentación de los temerarios y riesgosos bancos privados.
Entretanto, están emergiendo las largamente bullentes críticas al empleo del Producto Interno Bruto (PIB) como indicador de las cuentas nacionales. Esas críticas generalizadas fueron resumidas por Robert F. Kennedy en un discurso pronunciado en 1968. Incluso el creador del PIB, Simon Kuznets, cuestionó su uso como indicador general del bienestar al decir que "el bienestar de una nación apenas si puede ser definido a partir de una medida del ingreso nacional."
Las grietas en el PBI comenzaron a aparecer en la Cumbre de la Tierra de la ONU reunida en Río de Janeiro en 1992 y también quedaron en evidencia luego en la conferencia del Parlamento Europeo sobre el tema "Tomando en cuenta a la naturaleza" en 1995. En noviembre de 2007, el Parlamento Europeo recogió de nuevo el asunto y el presidente de la Unión Europea, José Manuel Barroso, dio la tónica en un debate sobre el tema "Más allá del PIB" ante casi 700 parlamentarios.
En su número del 13 de marzo último, incluso The Economist intervino en el debate con el artículo titulado "Un cuadro sumamente distorsionado", en el que critica la extendida atención prestada al crecimiento del PIB. Este "fetiche del crecimiento" ha sido desde hace tiempo objeto de innumerables críticas, pero ver que esta revista representante de la ortodoxia económica critique ahora la utilización del crecimiento del PIB como indicador válido de las cuentas nacionales es una señal muy importante. The Economist señaló que una mejor medida que los índices de crecimiento del PIB sería la de comparar el producto per cápita, un signo de progreso mucho más tangible que toma en cuenta el aumento de la población. Por ejemplo, el crecimiento del PIB de Japón ha sido de alrededor del 2,1% durante los últimos cinco años, mientras que el PIB de Estados Unidos ha crecido un 2.9%. Sin embargo, comparando el crecimiento promedio per cápita entre los dos países, surge una historia diferente: Estados Unidos muestra sólo 1,9% de incremento frente a 2,1% de los ciudadanos japoneses. El ingreso promedio per cápita de Japón también resulta mayor porque la población japonesa está disminuyendo mientras que la población de Estados Unidos está aumentando. Por su parte, India ha disfrutado de un rápido crecimiento del PIB, pero su población ha aumentado también rápidamente, lo que hace que más personas deban compartir ese ingreso.
Pero también hay que señalar que el uso del promedio per cápita del ingreso enmascara el modo de distribución de la riqueza. El promedio de ingresos de toda la población puede ocultar, por ejemplo, que un país podría tener unos pocos multimillonarios mientras la mayoría de sus ciudadanos vive en la pobreza.
Pongámonos de acuerdo en que el PIB ha sobrevivido demasiado tiempo a su utilidad (comenzó como una medida de la producción bélica utilizada en la Segunda Guerra Mundial). Hay ahora mejores indicadores, desde el Índice Canadiense de Bienestar (CIW) al Índice de Desarrollo Humano de la ONU (HDI), al Índice de Riqueza del Banco Mundial para el Índice del Progreso Genuino (GPI), al índice de Felicidad Nacional de Bután (GNH) y a los Indicadores de Calidad de Vida Calvert-Henderson, que creé con el Grupo Calvert de fondos mutuales socialmente responsables.
La verdadera riqueza y el progreso de las naciones no pueden ser cuantificados sólo en dinero. Los manuales económicos están atrasados y deben ser revisados
La credibilidad de la profesión de economista y de sus modelos macroeconómicos y de riesgo ha quedado hecha polvo por la debacle financiera guiada por Wall Street. Muchos analistas ven a esta crisis, la peor desde la segunda guerra mundial, como el principio del fin del fundamentalismo del mercado como conductor de la globalización. También queda en evidencia el hecho de que estados unidos no es más la única superpotencia mundial. La fuerza militar esta retrocediendo ante las nuevas armas utilizadas en la geopolítica actual: el dinero y los ataques cibernéticos.
Incluso el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, ahora llama a la reglamentación de los temerarios y riesgosos bancos privados.
Entretanto, están emergiendo las largamente bullentes críticas al empleo del Producto Interno Bruto (PIB) como indicador de las cuentas nacionales. Esas críticas generalizadas fueron resumidas por Robert F. Kennedy en un discurso pronunciado en 1968. Incluso el creador del PIB, Simon Kuznets, cuestionó su uso como indicador general del bienestar al decir que "el bienestar de una nación apenas si puede ser definido a partir de una medida del ingreso nacional."
Las grietas en el PBI comenzaron a aparecer en la Cumbre de la Tierra de la ONU reunida en Río de Janeiro en 1992 y también quedaron en evidencia luego en la conferencia del Parlamento Europeo sobre el tema "Tomando en cuenta a la naturaleza" en 1995. En noviembre de 2007, el Parlamento Europeo recogió de nuevo el asunto y el presidente de la Unión Europea, José Manuel Barroso, dio la tónica en un debate sobre el tema "Más allá del PIB" ante casi 700 parlamentarios.
En su número del 13 de marzo último, incluso The Economist intervino en el debate con el artículo titulado "Un cuadro sumamente distorsionado", en el que critica la extendida atención prestada al crecimiento del PIB. Este "fetiche del crecimiento" ha sido desde hace tiempo objeto de innumerables críticas, pero ver que esta revista representante de la ortodoxia económica critique ahora la utilización del crecimiento del PIB como indicador válido de las cuentas nacionales es una señal muy importante. The Economist señaló que una mejor medida que los índices de crecimiento del PIB sería la de comparar el producto per cápita, un signo de progreso mucho más tangible que toma en cuenta el aumento de la población. Por ejemplo, el crecimiento del PIB de Japón ha sido de alrededor del 2,1% durante los últimos cinco años, mientras que el PIB de Estados Unidos ha crecido un 2.9%. Sin embargo, comparando el crecimiento promedio per cápita entre los dos países, surge una historia diferente: Estados Unidos muestra sólo 1,9% de incremento frente a 2,1% de los ciudadanos japoneses. El ingreso promedio per cápita de Japón también resulta mayor porque la población japonesa está disminuyendo mientras que la población de Estados Unidos está aumentando. Por su parte, India ha disfrutado de un rápido crecimiento del PIB, pero su población ha aumentado también rápidamente, lo que hace que más personas deban compartir ese ingreso.
Pero también hay que señalar que el uso del promedio per cápita del ingreso enmascara el modo de distribución de la riqueza. El promedio de ingresos de toda la población puede ocultar, por ejemplo, que un país podría tener unos pocos multimillonarios mientras la mayoría de sus ciudadanos vive en la pobreza.
Pongámonos de acuerdo en que el PIB ha sobrevivido demasiado tiempo a su utilidad (comenzó como una medida de la producción bélica utilizada en la Segunda Guerra Mundial). Hay ahora mejores indicadores, desde el Índice Canadiense de Bienestar (CIW) al Índice de Desarrollo Humano de la ONU (HDI), al Índice de Riqueza del Banco Mundial para el Índice del Progreso Genuino (GPI), al índice de Felicidad Nacional de Bután (GNH) y a los Indicadores de Calidad de Vida Calvert-Henderson, que creé con el Grupo Calvert de fondos mutuales socialmente responsables.
La verdadera riqueza y el progreso de las naciones no pueden ser cuantificados sólo en dinero. Los manuales económicos están atrasados y deben ser revisados
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