miércoles, 10 de diciembre de 2008

LOS MATICES DE LA VIDA...

LA RAZÓN
DEL PAPEL
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JOAN BARRIL
(“El Periódico”

de Catalunya-España)
10 de diciembre de 2008

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En una pared del lugar en el que escribo tengo colgada una especie de tabla en la que figura todo aquello que va a desaparecer en el futuro. Ignoro quién la colgó allá y, lo que es más importante, quién fue el bromista que se dedicó a poner fecha de caducidad a las cosas que hoy consideramos tan habituales. Así, por ejemplo, la moneda metálica, redonda y brillante está destinada a desaparecer en muy pocos años. Se acabará así una convención del dinero que viene de los ases atenienses y de los sestercios y talentos romanos.
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También está prevista la desaparición de no pocas islas del Pacífico y del Índico, anegadas por la previsible subida del nivel del mar. El compilador del fin de las pequeñas cosas se permite una ironía al situar en el 2050 la desaparición definitiva de la cantante Cher, proverbial ejemplo de la cirugía estética. Lo que sucede es que la supuesta muerte de la longeva Cher no va a poder ser recogida por ningún periódico, porque en esa jocosa lista y en algunos foros más serios se establece en el año 2047 la desaparición definitiva de los diarios de papel como el que usted tiene ahora entre sus manos.
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2047, ni uno más ni uno menos. Los lectores del papel pensábamos que eso nunca sucedería, pero de un tiempo a esta parte los periódicos han ido adelgazando. La inanición publicitaria se ceba en un primer momento en los diarios gratuitos. También en los diarios de pago la opinión publicada luce más pura y mística, desprovista de esos anuncios que son, al fin y al cabo, la proteína material de todo periódico. El optimismo de la voluntad se imponía hasta ahora al pesimismo de la razón.
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Creíamos que ya llegarían tiempos mejores, que el papel tal vez no crecería pero que se mantendría, para consuelo de una población con ganas de debatir y de encontrar ideas y noticias como semillas de grandes acontecimientos. Creíamos que, tal vez, ese era un fenómeno genuinamente español, ese país de pocos pero escogidos lectores. De la misma manera que el año pasado hablábamos de la sequía y hoy tenemos nuestros campos anegados, también había motivos para creer que, después de la crisis, la prensa de papel volvería a los tiempos gloriosos del ciudadano Kane o del Watergate.
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Pero, de pronto, en esas noticias económicas que, no por lejanas dejan de ser alarmantes, leemos que The New York Times se ha visto obligado a hipotecar su sede. Y que el grupo estadounidense Tribune, editor de Los Angeles Times y del Chicago Tribune entre otros, suspendió pagos anteayer con unas deudas de 13.000 millones de dólares. ¿2047 era la agorera fecha de la desaparición del papel impreso? Tal vez el apocalíptico compilador de las desapariciones fue demasiado optimista a la hora de datar el fin de los periódicos.
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Es cierto que la gente se ha ido informando de muchas maneras: el pregonero, el romancero de ciego, el mercader en la taberna. Con mayor o menor velocidad, la gente ha sabido lo necesario para apuntarse a revoluciones o para huir de la guerra. Pero ha sido con la prensa escrita cuando se ha democratizado la opinión.Se aducirá que la prensa escrita no se pierde con el papel, porque la escritura se refugiará en la pantalla. Pero ¿quién estará detrás de la pantalla? ¿Qué garantía de veracidad habrá en una información que no se paga? Se acaban los periódicos y, con ellos, una buena parte de su credibilidad. Ahora mismo voy a ver a la cantante Cher para acompañarnos en nuestras respectivas agonías.


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