N. de R. En el libro de Canal que hemos estado usando, hemos buscado temas sensibles a nuestra franja etaria y que tuvieran un sentido unitario. Los hemos levantado independiente del plan aplicado por el autor en el libro. El de hoy, es del inicio y se refiere a la “carátula” que tiene el libro, la que reproducimos, a fin de que sea claro el sentido del texto de la nota de hoy. FD-
CARATULA
Escribe
GONZALO
CANAL RAMÍREZ (*)
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Desde hace ya 2.400 años. Hipócrates, el más famoso de los médicos de la antigüedad, comparó las etapas de la vida humana con las estaciones de la naturaleza y le asignó el invierno a la vejez... Desde entonces el símil se estereotipó y el invierno quedó falsamente como símbolo sacramental para la ancianidad. “La nieve de los años”.
Hace casi 400 años, Baltasar Gracián lo volvió a recoger en el sentido clásico de que a la primavera corresponde la primera edad, al verano la segunda y al otoño y al invierno, la tercera.
Ahora en 1979, José Antonio Pérez Rioja (el Libro Español No. 264) modifica un tanto el símil ante la actual prolongación de la vida, en la nueva escala de las edades que exige ya la cuarta edad y lo amplía así: Primavera humana desde el nacimiento hasta los 40 años; verano vital de los 41 a los 64; otoño de la vida de los 65 a los 80, invierno del hombre desde los 81 hasta el final.
La imagen del invierno para la vejez viene, pues, de lejos y ha sido universalmente aceptada, aún en los países tropicales, donde no hay estaciones. Es una inexactitud. El hombre, la mujer no tienen estaciones y la comparación es falsa aun poéticamente. El hombre puede vivir física y espiritualmente a cualquier edad las cuatro estaciones en un solo día. La inmensa riqueza de la escala humana se lo permite.
La persona es sembradora de semillas y colectora de cosechas durante toda su vida. Florece y se marchita, independientemente, a cualquier edad y puede reflorecer y remarchitarse no importa cuando, ni como. Su inteligencia es más fecunda en invierno que en estío. Su vida mental puede mantenerse en perpetua primavera. Su salud puede ser mejor en la tercera edad que en la primera y su acción sicosomática no se rige por climas, hemisferios o paralelos diferentes de los del propio cuerpo integrado con su espíritu.
La especie humana –en relación a los muchos miles de siglos del planeta que habita– tiene apenas dos millones de años. Es aun joven. La persona, a cualquier edad puede más de lo que cree, sobre todo en la vejez a pesar del mito del invierno. Por esas razones se ha elegido para esta carátula un pino, el árbol sin estaciones, siempre verde en invierno y en verano y un trigal maduro con la promesa del pan. Vaya ese pino como símbolo para los de la tercera edad. Sin saberlo ellos a veces, están en la vida y como este árbol pueden vivirla útil, plácida y satisfactoria. El trigal maduro es buen signo de la tercera edad. En él se integró la semilla al surco, a la tierra, al abono, al agua, al sol, al aire, al tiempo, condensados todos en el grano dorado.
El no es el final ni mucho menos, es la gavilla, la harina, el pan. Usted es todo eso, usted está en época de cosecha... No es mala época y quizá pueda ser mejor época. Y piense sobre todo en el trigo, es decir en su especie humana. Esa conciencia, de ser no solamente el individuo, el espécimen, sino también la especie, nos ayuda. “Felices las espigas maduras” escribe Pegy.
(*) Gonzalo Canal Ramírez, es un reconocido especialista en temas de la Tercera Edad. De origen colombiano, esta radicado en España. Estos textos son del libro “ENVEJECER NO ES DETERIORARSE” que ha merecido innumerables ediciones y traducciones desde 1980, año de su aparición en España.
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