
LA COLUMNA DE
JOAN BARRIL
LOS 400 NOMBRES
Escribe
JOAN BARRIL (*)
Columnista de “El Periódico”
Catalunya-España
15 de Noviembre 2009
LOS 400 NOMBRES
Escribe
JOAN BARRIL (*)
Columnista de “El Periódico”
Catalunya-España
15 de Noviembre 2009
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Sin duda, es bueno hablar de lo que no sabemos con gente que sí lo sabe. En mi caso, por ejemplo, de fútbol. En más de una ocasión he comentado con mi colega y amigo Pere Escobar la paradoja de ciertos presidentes futbolísticos. Tal vez el que más me llama la atención sea Florentino Pérez, un hombre cuya fortuna, sin duda, debe de ser enorme, que goza de la condición de triunfador en el mundo de los negocios, que diversifica y que en su mundo de ricos debe de ser un hombre, sin duda, respetado y envidiado.
Sin duda, es bueno hablar de lo que no sabemos con gente que sí lo sabe. En mi caso, por ejemplo, de fútbol. En más de una ocasión he comentado con mi colega y amigo Pere Escobar la paradoja de ciertos presidentes futbolísticos. Tal vez el que más me llama la atención sea Florentino Pérez, un hombre cuya fortuna, sin duda, debe de ser enorme, que goza de la condición de triunfador en el mundo de los negocios, que diversifica y que en su mundo de ricos debe de ser un hombre, sin duda, respetado y envidiado.
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Escobar y yo nos preguntamos a menudo cuáles son los motivos que llevaron a un hombre de la posición de Florentino a optar, una vez más, a la presidencia del club de sus amores y a confiar su éxito personal a los movimientos aleatorios de un balón de cuero hinchado intentando introducirse en el rectángulo de aire de la portería contraria. O sea, que hay alguien en el mundo acostumbrado a ser tratado con respeto por los personajes más importantes.
Escobar y yo nos preguntamos a menudo cuáles son los motivos que llevaron a un hombre de la posición de Florentino a optar, una vez más, a la presidencia del club de sus amores y a confiar su éxito personal a los movimientos aleatorios de un balón de cuero hinchado intentando introducirse en el rectángulo de aire de la portería contraria. O sea, que hay alguien en el mundo acostumbrado a ser tratado con respeto por los personajes más importantes.
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Pero que, a pesar de todo, ha decidido arriesgarse a una actividad en la que, si las cosas van mal, puede ser despreciado por el más humilde de los ciudadanos. Es, a todas luces, incomprensible. De la misma manera, tenemos el caso Millet y el de otros potentados que ya contaban con haciendas acomodadas. ¿Qué es lo que lleva a esa gente a poner en peligro su prestigio cayendo en la tentación de la trampa continuada? No se trata de gente del montón, desesperados que un mal día deciden arriesgarlo todo atracando un banco o secuestrando a la hija de un millonario.
Pero que, a pesar de todo, ha decidido arriesgarse a una actividad en la que, si las cosas van mal, puede ser despreciado por el más humilde de los ciudadanos. Es, a todas luces, incomprensible. De la misma manera, tenemos el caso Millet y el de otros potentados que ya contaban con haciendas acomodadas. ¿Qué es lo que lleva a esa gente a poner en peligro su prestigio cayendo en la tentación de la trampa continuada? No se trata de gente del montón, desesperados que un mal día deciden arriesgarlo todo atracando un banco o secuestrando a la hija de un millonario.
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Se trata de gente que cae en la tentación del dinero que llama a dinero. Extraña gente que ha hecho suya la canción de Lou Reed para caminar por el la do salvaje de la vida. Suele suceder que junto a esos artífices de la vanidad y la riqueza se encuentre también una numerosa corte de personas importantes. Algunas, por el cargo; otras, por afición, y, tal vez, las menos, por devoción, se constituyen en patronatos, en juntas directivas, en consejos de administración, en expertos en fundaciones y en asociaciones de personas parecidas.
Se trata de gente que cae en la tentación del dinero que llama a dinero. Extraña gente que ha hecho suya la canción de Lou Reed para caminar por el la do salvaje de la vida. Suele suceder que junto a esos artífices de la vanidad y la riqueza se encuentre también una numerosa corte de personas importantes. Algunas, por el cargo; otras, por afición, y, tal vez, las menos, por devoción, se constituyen en patronatos, en juntas directivas, en consejos de administración, en expertos en fundaciones y en asociaciones de personas parecidas.
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En ellas el estímulo ya no es el brillo del dinero, sino el reflejo del espejo. Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refrán. El propio Fèlix Millet explicaba en la interesantísima entrevista que, en sus años de gloria, le hicieron Pere Cullell y Andreu Farràs, que, al fin y al cabo, la Barcelona que cuenta está formada por los mismos nombres, unos 400. Lo que sucede es que esa Barcelona tal vez cuenta, pero no sabe contar. De lo contrario, el pufo de Fèlix Millet no se habría prolongado durante tanto tiempo.
En ellas el estímulo ya no es el brillo del dinero, sino el reflejo del espejo. Dime con quién andas y te diré quién eres, dice el refrán. El propio Fèlix Millet explicaba en la interesantísima entrevista que, en sus años de gloria, le hicieron Pere Cullell y Andreu Farràs, que, al fin y al cabo, la Barcelona que cuenta está formada por los mismos nombres, unos 400. Lo que sucede es que esa Barcelona tal vez cuenta, pero no sabe contar. De lo contrario, el pufo de Fèlix Millet no se habría prolongado durante tanto tiempo.
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Pero esos pocos cortesanos de la cultura y de las empresas suntuarias, de los salones comerciales y del pequeño gotha catalán, siempre están en los mismos lugares. En estos días de informativos descarnados, veo junto a esos nombres del gran Parnaso y del exiguo mecenazgo noticias de otras asociaciones en las que gente común gasta su tiempo y su entusiasmo en beneficio de los más desfavorecidos: instituciones que dan cobijo a los desahuciados, refugios en los que los drogadictos buscan una nueva vida y ámbitos en los que la soledad compartida acaba convirtiéndose en proyectos útiles.
Pero esos pocos cortesanos de la cultura y de las empresas suntuarias, de los salones comerciales y del pequeño gotha catalán, siempre están en los mismos lugares. En estos días de informativos descarnados, veo junto a esos nombres del gran Parnaso y del exiguo mecenazgo noticias de otras asociaciones en las que gente común gasta su tiempo y su entusiasmo en beneficio de los más desfavorecidos: instituciones que dan cobijo a los desahuciados, refugios en los que los drogadictos buscan una nueva vida y ámbitos en los que la soledad compartida acaba convirtiéndose en proyectos útiles.
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La sociedad pide ayuda, pero la buena sociedad prefiere vestir de gala. La ciudad tiene aceras durísimas, pero los 400 nombres se gustan más pisando las alfombras rojas de un triunfo artificioso. Se acerca un cambio de nomenklatura. Que la ciudad nos pertenezca un día. Y no hablo de fútbol, que de eso sé muy poco.
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(*) Joan Barril (Barcelona, 1952) es un escritor y periodista español. Estudio en la Universidad de Barcelona y su actividad periodística la combinó con su trayectoria como escritor. Columnista en las diarios como El País, La Vanguardia y El Periódico de Catalunya. Tiene actividad en radio y TV. Es fundador y editor de la editorial Barril & Barral.
La sociedad pide ayuda, pero la buena sociedad prefiere vestir de gala. La ciudad tiene aceras durísimas, pero los 400 nombres se gustan más pisando las alfombras rojas de un triunfo artificioso. Se acerca un cambio de nomenklatura. Que la ciudad nos pertenezca un día. Y no hablo de fútbol, que de eso sé muy poco.
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(*) Joan Barril (Barcelona, 1952) es un escritor y periodista español. Estudio en la Universidad de Barcelona y su actividad periodística la combinó con su trayectoria como escritor. Columnista en las diarios como El País, La Vanguardia y El Periódico de Catalunya. Tiene actividad en radio y TV. Es fundador y editor de la editorial Barril & Barral.
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