Miércoles
26 de Octubre de 2011
AGUJERO EN EL CUBO DE EUROPA
Escribe
PAUL
KRUGMAN (*)
New
York Times Service 2011
Publicó:
“El Pais” Madrid
25 de
octubre 2011
.
(*) PAUL ROBIN KRUGMAN (1953) es un
economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los
planteamientos neokeynesianos. Actualmente es profesor de Economía y Asuntos
Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna
en el periódico New York Times y, también, para el periódico peruano Gestión y
el colombiano “La República”. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de
Economía. Ha escrito más de 200 artículos y 21 libros -alguno de ellos
académicos
.
Si no
fuese tan trágica, la actual crisis europea tendría gracia, vista con un
sentido del humor negro. Porque a medida que los planes de rescate fracasan
estrepitosamente uno tras otro, las Personas Muy Serias de Europa -que son, si
ello es posible, aún más pomposas y engreídas que sus homólogas
estadounidenses- no dejan de parecer cada vez más ridículas.
Me
referiré a la tragedia en un minuto. Primero, hablemos de los batacazos, que
últimamente me han hecho tararear aquella vieja canción infantil de "Hay
un agujero en mi cubo". Para los que no conozcan la canción, trata de un
granjero perezoso que se queja del mencionado agujero y a quien su mujer le
dice que lo arregle. Pero resulta que cada acción que ella propone, requiere
una acción previa y, al final, ella le dice que saque un poco de agua del pozo.
"Pero mi cubo tiene un agujero, querida Liza, querida Liza".
Es un
círculo vicioso en el que los temores al impago amenazan con convertirse en una
profecía que acaba cumpliéndose. Para salvar el euro, hay que contener esta
amenaza. ¿Pero cómo? La respuesta tiene que conllevar la creación de un fondo
que, en caso necesario, puede prestar a Italia (y a España, que también está
amenazada) el dinero suficiente para que no necesite adquirir préstamos a esos
tipos elevados. Dicho fondo probablemente no tendría que usarse, puesto que su
mera existencia debería poner fin al ciclo del miedo. Pero la posibilidad de un
préstamo a una escala verdaderamente grande, sin duda por valor de más de un
billón de euros, tiene que estar ahí.
La pega
es esta: las diversas propuestas para la creación de dicho fondo siempre
requieren, al final, el respaldo de los principales Gobiernos europeos, cuyas
promesas a los inversores deben ser creíbles para que el plan funcione. Pero
Italia es uno de esos Gobiernos importantes; no puede conseguir un rescate
prestándose dinero a sí misma. Y Francia, la segunda economía más grande de la
zona euro, se ha mostrado vacilante últimamente, lo que ha hecho surgir el
temor de que la creación de un gran fondo de rescate, que en la práctica se
sumaría a la deuda francesa, simplemente sirva para añadir a Francia a la lista
de países en crisis. Hay un agujero en el cubo, querida Liza, querida Liza.
¿Ven a
qué me refiero cuando digo que la situación tiene gracia vista con un sentido
del humor negro? Lo que hace que la historia sea realmente dolorosa es el hecho
de que nada de esto tenía que pasar.
Piensen
en países como Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos, que tienen grandes deudas
y déficits pero siguen siendo capaces de adquirir préstamos a intereses bajos.
¿Cuál es su secreto? La respuesta, en gran parte, es que siguen teniendo sus
propias monedas y los inversores saben que, en caso de necesidad, podrían
financiar sus déficits imprimiendo más moneda. Si el Banco Central Europeo
respaldase de un modo similar las deudas europeas, la crisis se suavizaría
enormemente.
¿No
provocaría eso inflación? Probablemente no: a pesar de lo que Ron Paul y otros
como él puedan creer, la creación de dinero no es inflacionista en una economía
deprimida. Además, lo que Europa necesita de hecho es una inflación general
moderadamente más alta: una tasa de inflación general demasiado baja condenaría
a los países del sur de Europa a años de deflación demoledora, lo que
prácticamente garantizaría un paro elevado continuo y una cadena de impagos.
Pero
esa medida, nos dicen una y otra vez, está fuera de toda discusión. Los
estatutos en virtud de los que se creó el Banco Central Europeo supuestamente
prohíben este tipo de cosas, aunque uno sospecha que unos abogados inteligentes
podrían encontrar el modo de resolverlo. El problema más general, sin embargo,
es que el sistema del euro en su conjunto se diseñó para combatir en la última
guerra económica. Es una Línea Maginot construida para evitar una repetición de
la década de 1970, lo cual es peor que inútil cuando el verdadero peligro es
una repetición de la década de 1930.
Y este
giro de los acontecimientos es, como he dicho, trágico.
La
historia de la Europa de posguerra es profundamente inspiradora. A partir de
las ruinas de la guerra, los europeos construyeron un sistema de paz y
democracia, y de paso, unas sociedades que, aunque imperfectas -¿qué sociedad
no lo es?- son posiblemente las más decentes de la historia de la humanidad.
Pero
ese logro se ve amenazado porque la élite europea, en su arrogancia, encerró el
continente en un sistema monetario que recreaba la rigidez del patrón oro y que
-como el patrón oro en los años treinta- se ha convertido en una trampa mortal.
A lo
mejor los dirigentes europeos dan ahora con un plan de rescate verdaderamente
creíble. Eso espero, pero no confío en ello.
La
amarga verdad es que cada vez da más la impresión de que el sistema del euro
está condenado. Y la verdad todavía más amarga es que, dado el modo en que ese
sistema se ha estado comportando, a Europa le iría mejor si se hundiese cuanto
antes mejor.
. © New York Times Service 2011. Traducción de
News Clips.



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