ENFRENTANDO A LOS MALHECHORES
Escribe
PAUL KRUGMAN (*)
Miércoles 12 Octubre 2011
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(*) PAUL ROBIN KRUGMAN (1953) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. Actualmente es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times y, también, para el periódico peruano Gestión y el colombiano “La República”. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Ha escrito más de 200 artículos y 21 libros -alguno de ellos académicos
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Aquí está ocurriendo algo. No es del todo claro qué es, pero pudiéramos estar viendo, por fin, el ascenso de un movimiento popular que, a diferencia del Tea Party, está enojado con la gente correcta.
Cuando las protestas de Ocupación de Wall Street empezaron hace tres semanas, la mayoría de las organizaciones noticiosas se mostraron burlonas, ni se dignaron a mencionar los sucesos, para empezar. Por ejemplo, tras nueve días de protestas, la Radio Nacional Pública no había suministrado cobertura alguna.
Es, por lo tanto, un testamento de la pasión de quienes están involucrados que las protestas no solo continuaron sino crecieron, volviéndose con el tiempo demasiado grandes para pasarlas por alto. Ahora que sindicatos y cada vez más demócratas están expresando cuando menos apoyo limitado hacia los manifestantes, Ocupación de Wall Street está empezando a parecer un evento importante que incluso pudiera ser visto más adelante como un punto decisivo.
¿Qué podemos decir sobre las protestas? Primero lo primero: la acusación de los manifestantes hacia Wall Street como una fuerza destructiva, tanto económica como políticamente, es completamente correcta.
¿Qué podemos decir sobre las protestas? Primero lo primero: la acusación de los manifestantes hacia Wall Street como una fuerza destructiva, tanto económica como políticamente, es completamente correcta.
Un desgastado cinismo, la creencia en que nunca se hará justicia, ha envuelto a buena parte de nuestro debate político; y sí, yo mismo a veces he sucumbido. En el proceso ha sido fácil olvidar cuán indignante es la historia de nuestros pesares económicos. Así que, en caso que lo hayan olvidado, fue una obra en tres actos.
En el primer acto, los banqueros se aprovecharon de la desregulación para alocarse (y pagarse espléndidas sumas), inflando enormes burbujas a través de préstamos imprudentes. En el segundo acto, las burbujas estallan; pero los banqueros fueron rescatados por el contribuyente fiscal, notablemente con escasas condiciones anexas, incluso al tiempo que el trabajador ordinario seguía sufriendo las consecuencias de los pecados de los banqueros. Y, en el tercer acto, los banqueros demostraron su gratitud dándole la espalda a la gente que los había salvado, proyectando su apoyo –y la riqueza que aún poseían gracias a los rescates– detrás de políticos que prometieron mantener sus impuestos bajos y desmantelar las tenues regulaciones erigidas en las consecuencias de la crisis.
Dada esta historia, ¿cómo no puede usted aplaudirles a los manifestantes por asumir una posición finalmente?
Ahora, es cierto que algunos de los manifestantes están vestidos de manera extraña o tienen lemas que suenan tontos, lo cual es inevitable dado el carácter abierto de los sucesos. Pero ¿y eso qué? Yo, por lo menos, me siento mucho más ofendido cuando veo a plutócratas vestidos exquisitamente, los cuales deben la persistencia de su riqueza a garantías gubernamentales, quejándose de que el presidente Barack Obama ha hecho comentarios agresivos sobre ellos que cuando veo a un grupo variopinto de jóvenes denunciando el consumismo.
Tengan en mente también que la experiencia ha dejado dolorosamente en claro que los hombres trajeados no solo no tienen un solo monopolio sobre la sabiduría, sino que tienen muy poca sabiduría que ofrecer. Cuando los presentadores de, digamos, la cadena CNBC ridiculizan a los manifestantes como gente poco seria, recuerden cuántas personas serias nos aseguraron que no existía ninguna burbuja de la vivienda, que Alan Greenspan era una oráculo y que los déficits presupuestarios ocasionarían que las tasas de intereses se dispararan por los cielos.
Una crítica mejor de las protestas es la ausencia de demandas de política específicas. Probablemente sería útil que los manifestantes pudieran ponerse de acuerdo sobre al menos unos pocos cambios principales sobre políticas que les gustaría ver promulgadas. Sin embargo, no deberíamos darle demasiada importancia a la falta de puntos específicos. Es claro qué tipo de cosas quieren los manifestantes de Ocupación de Wall Street, y llenar los detalles en verdad es tarea de estrategas intelectuales y políticos.
Rich Yeselson, veterano organizador e historiador de movimientos sociales, ha sugerido que el alivio de la deuda para trabajadores estadounidenses se convierta en una plataforma central de las protestas. Yo secundaré eso, porque ese tipo de ayuda, además de servir a la justicia económica, podría hacer mucho por contribuir a la recuperación de la economía. Yo sugeriría que los manifestantes también exijan inversión en infraestructura –no más reducciones de impuestos– para ayudar en la creación de empleos. Ninguna propuesta se convertirá en ley en el clima político de este momento, pero la cuestión total de las protestas es cambiar ese clima político.
Además, existen verdaderas oportunidades políticas aquí. No, por supuesto, para los republicanos actuales, quienes instintivamente se ponen del lado de quienes Theodore Roosevelt catalogó de “malhechores de gran riqueza”. Mitt Romney, por ejemplo –quien, por cierto, probablemente paga menos de su ingreso en impuestos que muchos estadounidenses de clase media– se apresuró a condenar las protestas como “guerra de clases”.
Sin embargo, los demócratas están recibiendo lo que equivale a una segunda oportunidad. La administración Obama dilapidó mucha buena voluntad desde el principio al adoptar políticas amigables hacia los banqueros que no lograron generar la recuperación económica, incluso al tiempo que los banqueros pagaron el favor volviéndose en contra del presidente. Ahora, sin embargo, el partido de Obama tiene una oportunidad para hacerlo de nuevo. Todo lo que tiene que hacer es tomar estas protestas tan seriamente como merecen.
Y si las protestas empujan a algunos políticos a hacer lo que deberían haber estado haciendo desde el principio, Ocupación de Wall Street habrá sido un rotundo éxito.
2011 New York Times News Service.





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