Lunes 7 de noviembre de 2011
OLIGARQUÍA, A LA AMERICANA
Escribe
PAUL KRUGMAN (*)
(The New York Times)
4 de
noviembre de 2011
.
(*) PAUL ROBIN KRUGMAN (1953) es un economista, divulgador y
periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos.
Actualmente es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad
de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times y,
también, para el periódico peruano Gestión y el colombiano “La República”. En
2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Ha escrito más de 200
artículos y 21 libros -alguno de ellos académicos
.
La
desigualdad vuelve a ser noticia, en parte gracias al movimiento de Occupy Wall
Street, pero esta vez con la ayuda de la Oficina de Presupuesto del Congreso. Y
ustedes saben lo que eso significa: ¡Es hora de desplegar a los ofuscadores!
Cualquiera
que haya seguido estos temas en los últimos tiempos sabe a qué me refiero.
Siempre que las crecientes disparidades de los ingresos amenazan con entrar en
el centro de la escena, un conjunto de siempre dispuestos defensores a ultranza
del status quo tratan de volver a sembrar confusión en el tema. Los think tanks
se apresuran a publicar informes alegando que la desigualdad no es realmente el
tema, o que, en definitiva, no importa. Los expertos tratan de ponerle una cara
más benigna al fenómeno, afirmando que en realidad no se trata de ricos contra
el resto sino de educados contra los menos educados.
Así que
lo que usted necesita saber es que todas estas afirmaciones son, básicamente,
intentos por ocultar la cruda realidad: Tenemos una sociedad en la que el
dinero se concentra cada vez más en manos de unas pocas personas, y en el que
la concentración del ingreso y de la riqueza amenaza con convertirnos en una
democracia sólo por su nombre.
La
oficina presupuestaria presentó una parte de esta cruda realidad en un reciente
informe, documentando una marcada disminución en la proporción de los ingresos
totales que termina en manos de los sectores bajos y medios de la sociedad
estadounidense. A USA aún le gusta pensarse a sí misma como un país de clase
media. Sin embargo, con el 80% del país recibiendo menos de la mitad de los
ingresos totales, aquella es una visión que cada vez más no se condice con la
realidad.
En
respuesta, los sospechosos de siempre han desplegado algunos de los conocidos
argumentos: los datos son erróneos (no lo son), los ricos son un grupo siempre
cambiante (no tanto), y así sucesivamente. El argumento más popular en este
momento parece, sin embargo, ser la afirmación de que no puede que no sea “una
sociedad de clase media”, pero sí sería “una sociedad de clase media alta”, con
una clase trabajadora altamente capacitada, con habilidades más que suficientes
para competir en el mundo moderno, al que le está yendo muy bien.
Es una
bonita historia, y mucho menos incomoda que la imagen de una nación en la que
un grupo mucho más pequeño de ricos es cada vez más dominante. Pero no es
cierta.
A los
trabajadores con títulos universitarios efectivamente les ha ido, en promedio,
mejor que a los trabajadores que no cuentan con un diploma, ampliándose la
brecha entre ambos grupos con el paso del tiempo. Pero los estadounidenses
altamente educados de ninguna manera han sido inmunes al estancamiento de
ingresos y a la creciente inseguridad económica. Los aumentos salariales para
la mayoría de los trabajadores con educación universitaria han sido mediocres
(y casi inexistentes desde el año 2000), e incluso los “bien educados” ya no
pueden confiarse en conseguir un trabajo con buenos beneficios. En concreto,
por estos días, los trabajadores con un título universitario, pero sin postgrado,
tienen menos probabilidades de obtener un empleo con cobertura de salud que las
que tenían los trabajadores con nada más que un diploma secundario en 1979.
El
informe de la oficina de presupuesto nos dice que prácticamente la totalidad de
la redistribución hacia arriba de los ingresos de la parte inferior (el 80%) ha
ido a las personas de más altos ingresos (el 1% de los estadounidenses). Es
decir, los manifestantes que se retratan a sí mismos como representantes de los
intereses del 99% están básicamente en lo cierto, mientras que los expertos que
les aseguran que en realidad se trata de la educación y no de las ganancias de
una pequeña élite, están totalmente equivocados.
En todo
caso, los manifestantes quedan cortos. El último informe de la oficina de
presupuesto no ve más allá del 1%. Pero un anterior informe, que sólo iba hasta
e año 2005, encontró que casi dos tercios de la creciente participación del percentil
más alto de los ingresos efectivamente iba al 0,1% de la población, o sea, los
pocos miles de estadounidenses más ricos, que vieron sus ingresos reales crecer
más del 400% durante el período comprendido entre 1979 y 2005.
¿Quién
está en ese 0,1%? ¿Son los heroicos empresarios que crean puestos de trabajo?
No, en su mayor parte, son ejecutivos de empresas. Las recientes
investigaciones muestran que alrededor del 60% de ese 0,1% o bien son
ejecutivos de empresas no financieras o hacen su dinero en las finanzas, es
decir, Wall Street en sentido amplio. Súmele a los abogados y las personas en
el sector inmobiliario y estamos hablando de más del 70% de los miembros del
club de afortunados del 0.1%
Pero
¿por qué importa esta creciente concentración del ingreso y la riqueza en pocas
manos? Parte de la respuesta es que la creciente desigualdad ha creado una
nación en la que la mayoría de las familias no comparten plenamente el
crecimiento económico. Otra parte de la respuesta es que una vez que uno se da cuenta
de lo mucho más rico que los ricos se han convertido, el argumento a favor de
un aumento de los impuestos a las rentas más altas como parte de cualquier
acuerdo sobre el presupuesto a largo plazo se convierte en mucho más
convincente.
Algunos
expertos todavía están tratando de desecar las preocupaciones sobre la
creciente desigualdad tildándolo de absurdo. Pero la verdad es que toda la naturaleza
de nuestra sociedad está en juego.
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