sábado, 18 de abril de 2015

EL PODER SIGUE NACIENDO DEL FUSIL

 ANÁLISIS SOBRE LA RELACIÓN ENTRE FUERZAS ARMADAS  
Y  LUCHAS ANTICAPITALISTAS NO SON FRECUENTES. 
COMO VIOLENCIA DE ARRIBA PARA "ACOMDAR" EL MUNDO.

Escribe 
RAÚL ZIBECHI(*) 
Columnista habitual 
en “La Jornada” de México 
Viernes 17 de abril 2015

(*) RAÚL ZIBECHI- (Uruguay 1952) Periodista, docente, investigador y escritor uruguayo. Analista internacional en Red Voltaire. Logró en 2003 Premio José Martí por sus crónicas sobre Argentina. En diversos medios del continente y del exterior, incursiona en una visión panorámica sobre las luchas sociales en nuestra América. Escribe la sección internacional de “Brecha” (Uruguay). Profesor en “Multiversidad Franciscana” de América Latina


En los momentos difíciles, durante los grandes traumas sociales, cuando la confusión y la opacidad se vuelven norma, acudir a los clásicos puede ayudar a despejar el panorama. Como sabemos, vivimos un periodo especialmente complejo, oscuros nubarrones asoman en el horizonte. A modo de ejemplo: no son pocos los

analistas que consideran que una guerra nuclear es una de las posibilidades para resolver las múltiples crisis en curso. Una conocida carta de Marx a Engels (del 25 de septiembre de 1857) revela la importancia que el primero concedía al papel del ejército en la historia. Recordaba que el primer sistema de salarios nació en los ejércitos antiguos, así como la primera forma legal del derecho a la propiedad, el primer uso de la maquinaria en gran escala y hasta la primera forma de división del trabajo dentro de una rama productiva. Su conclusión, a la luz de lo que nos está sucediendo, parece tanto premonitoria como agobiante: Toda la historia de las formas de la sociedad burguesa se resume notablemente en la militar (Correspondencia Marx-Engels, Ediciones 
William McNeill

de Cultura Popular, México, 1972, tomo I, p. 135). En la actualidad los debates y análisis sobre la relación entre las fuerzas armadas estatales y las luchas anticapitalistas son poco frecuentes. Tanto como la comprensión del papel de la violencia de arriba en la remodelación del mundo. Probablemente la centralidad que han adquirido las democracias electorales en las sociedades occidentales y la difusión de una cultura consumista (ambos fenómenos estrechamente ligados) parecen haber evaporado la hipótesis de Marx sobre el paralelismo entre la economía y la guerra. Para el siglo XX, William McNeill establece la relación entre el crecimiento demográfico y las dos guerras mundiales, como causa del conflicto y como forma de mitigar la superpoblación europea; pero también nos recuerda que el control biopolítico de las poblaciones arranca con la movilización en masa para hacer la guerra y, finalmente, destaca que la 
Anne Louise Strong

industrialización y el nacimiento del estado de bienestar estuvieron estrechamente ligados al estallido del conflicto armado, en particular en la Segunda Guerra Mundial (La búsqueda del poder, Siglo XXI, México, 1988, capítulo 9). Se trata de pistas generales, de indicaciones que nos fuerzan a colocar la cuestión militar en un lugar destacado de nuestros análisis. Un esfuerzo, por cierto, en el que las personas y los movimientos anticapitalistas estamos muy retrasados. Una de las limitaciones es que conocemos sólo parcialmente los planes y objetivos de los poderosos. Otra consiste en focalizar la cuestión militar en el armamento, en particular en el desarrollo tecnológico de nuevas y sofisticadas armas. Por eso es bueno recordar que no son las armas las que ganan las guerras. En 1946, tres años antes de tomar el poder, Mao Tse Tung concedió una entrevista a la periodista Anne Louise Strong. Ésta le preguntó qué

sucedería si Estados Unidos usara la bomba atómica contra la Unión Soviética o contra China, países que aún no poseían el arma nuclear. La bomba atómica es un tigre de papel que los reaccionarios norteamericanos utilizan para asustar a la gente. Parece terrible, pero de hecho no lo es. Por supuesto, la bomba atómica es un arma de matanza en vasta escala, pero el resultado de una guerra lo decide el pueblo y no uno o dos tipos nuevos de armas, dijo Mao (Obras Escogidas de Mao Tse-tung, Fundamentos, Madrid, 1974, tomo 4, pp. 98-99). Mao sostenía que China podía derrotar a los ejércitos reaccionarios sólo con mijo y fusiles, algo que poco después confirmaron los campesinos vietnamitas. Estamos ante principios éticos y políticos básicos, sin los cuales no vale la pena siquiera pensar en combatir, porque colocar la tecnología militar en el centro es tanto como

rendirse a la lógica del enemigo. Las guerras populares siempre se ganaron con pueblos decididos, no con armas. Sin embargo, lo anterior no resuelve el problema de cómo enfrentar a enemigos que están dispuestos a exterminar a los sectores populares del mundo para salir del atolladero en que se encuentran. Sobre todo, no sirve para tomar decisiones ante lo que se adivina como un largo periodo de acoso (campañas de cerco y aniquilamiento, las definían los comunistas chinos).Sin la intención de agotar un debate que apenas comenzamos, puedo observar cuatro necesidades de los movimientos para enfrentar esta nueva etapa. La primera, comprender la lógica de los de arriba. Lo que supone estudiar, analizar y deducir qué planes tienen contra nosotros, qué objetivos se trazan. No en general, sino en cada región, en cada país y en cada área.    

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