Lunes 24 de Octubre de 2011
CARCEL
SOCIAL EN LA GRAN CAPITAL
EXPATRIADOS DE LA CELEBRACIÓN
Escribe
SILVANA
MELO (*)
(ARGENPRESS)
AGENCIA
APE (**)
19 de
octubre de 2011
.
(*) SILVANA MELO nació en Olavarría el 30 de agosto de 1961. Es periodista gráfica
y radial, escritora y militante social. Tiene a su cargo la Agencia de Noticias “Pelota de Trapo”
(APE). agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar . que tiene su
campo de acción en areas carenciadas y marginadas.
.
Ya el
censo 2010 había abierto las puertas a cierto horror espasmódico en grandes
medios y medianos actores políticos. Que las villas crecieron un 52% en todo el
país no es una noticia que pueda provocar perplejidad en nadie con algún
centímetro cuadrado de conciencia. Pero aun así, la piel social vuelve a
erizarse cuando, cíclicamente, vuelven a asomar números fastidiantes que
revelan una realidad fastidiante barrida convenientemente debajo de la alfombra
de la primavera argentina. Ahora es una ONG la que ofrece en bandeja títulos de
hecatombe para ser utilizados -paradójicamente. O no- por quienes son y serán
activos cuidadosos del statu quo. Dicen que en los últimos cinco años se
conformaron 90 nuevas villas en el conurbano, que el crecimiento poblacional
desde 2001 llegó al 55% y que los asentamientos que inflaman los ya obesos
anillos circundantes a la capital van por el número 864.
Más de
medio millón de familias -¿dos millones de personas? ¿tres?- se hacinan en los
mundos subsidiarios de El Mundo, en los arrabales de la fiesta umbilical de la
capital de la vida, donde está la salud, la escuela, la comida, la luz y la
celebración de los privilegiados. Para que quede claro: cualquier política
hacia las villas elevada desde lo discursivo por cualquier oficialismo, es y
será falaz. Un déficit habitacional de tres millones de casas en todo el país,
sin horizonte de alivio, sin planes serios, sin créditos hipotecarios
alcanzables, con construcciones en serie valuadas como exclusivas de Puerto
Madero, con partidas millonarias que se pierden en los recodos y nunca llegan a
las paredes, con parcelas en las puertas del infierno que cuestan como praderas
en las ventanas del cielo. El diez por ciento de la población del país se
apila, se amontona, se asfixia y resiste su cárcel social sólo en los
asentamientos y villas del conurbano y la ciudad autónoma. Ese es el espacio
concedido. No hay otro. No lo habrá.
Lejos
de existir una voluntad política sincera y profunda de amnistiar a tres o
cuatro millones de presos de las orillas urbanas, es una decisión sistémica la
de sacar del medio -literalmente- para confinar a los extremos y al afuera bien
afuera a todos aquellos que no serán utilizados ni formarán parte del proyecto
metódicamente minoritario que encarna el capitalismo del tercer milenio, sin
rivales ni competencias serias. No hay techo para ellos ni necesidad de
levantarlo. No hay trabajo para ellos ni lo habrá. Sobran en una sociedad con
mano de obra tecnológica y formalidad para una elite. Una pirámide sostenida en
su base por changarines, golondrinas, ocasionales en negro, oficiales -del
oficio y no del uniforme- semicapacitados y sobrevivientes de la agonía y
muerte del trabajo en los últimos 25 años.
En un límite delgadísimo suelen caer
al infierno del destierro y a veces vuelven y otras veces no. La cárcel a cielo
abierto -como Alberto Morlachetti llamó al sistema villero de exclusión
hermética- se ubica en el área soterrada de la pirámide. Es el abajo del abajo.
No el patio, sino la calle. No el sótano, sino el inframundo. De donde no se
sale, por alta decisión tomada. Cuya frontera no se supera porque el preso
social fuera de su presidio pasa a ser semilibre en una tierra ajena, con
bienes ajenos, con suelo ajeno. Donde no tendrá lugar ni plato ni destino. Y
cualquier bala perdida acertará finamente en su cabeza. Sin que nadie -como el
homo sacer de Agamben- deba hacerse cargo de su homicidio.
Como
una copia fotográfica del sistema penitenciario, la cárcel a cielo abierto suma
y engorda día tras día, con el descarte que queda después de la selección.
Adentro, se construyen vigorosamente casillas una tras otra, una sobre otra,
chapa, cartón, bloque, plástico, chapa, cartón, bloque. Caen diariamente de a
diez o quince que tienen que pagar el pedacito de tierra del que nunca serán
dueños. Se colgarán de la luz, pagarán fortunas por una garrafa, comprarán en la
feria de rescate del basural, venderán paco, comprarán paco, consumirán,
morirán de cuchillos lacerantes de humo en el cerebro y en los pulmones, de
balas vecinas, de transas vengativos, de policías cómplices, de pulmonías en
piso de barro, de infartos sin ambulancia que entre.
Nada
cambia en el corazón villero con el gobierno que pase, con el contexto
económico floreciente o con las tijeras del ajuste, con planes Jefes o con
cooperativas. Nada les cambia a los que fueron descartados. Porque fueron descartados.
No se los mira, no se los ve, se los encierra en sus cárceles a cielo abierto
para no verlos y para que no entren a fastidiar a los turistas ni a dejar la
basura desparramada en la calle. Para que no se les ocurra reclamar la parte
que les corresponde. Porque ya fue prorrateada entre los elegidos, los
prebendarios, los libres. Para que levanten muros y enrejados y contraten
alarmas y vigilantes y aten rottweilers hambrientos a las fortalezas. Y puedan
entonces defenderse libremente de los expatriados que de vez en cuando irrumpen
en las calles feraces de la libertad y la vida digna reclamando su mosaico en
esa plaza.
Desde
los 30, cuando los inmigrantes polacos armaron la primera Villa de los
Desocupados, jamás dejó de engrosarse la cintura obesa de la Ciudad, con sus
espejos brutales y la violencia infinita de la desigualdad. Del corte feroz
entre un mundo y el otro. La 31 frente al Sheraton. La Rodrigo Bueno detrás de
Puerto Madero.
Y el
futuro es una balsa que se hunde siempre un segundo antes de tocar estas
costas.
.
(**)Agencia
de Noticias Pelota de Trapo
Nuestra
Agencia instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó
atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la
persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte.
Como
herramienta comunicacional, se propone impactar en la opinión pública y en los
mismos comunicadores sociales, promoviendo una revisión sistemática del
paradigma cultural dominante. Se trata de mover -y de conmover- a esa sociedad
que ha marcado con un estigma descalificante al excluido, y que levanta
barreras infranqueables para los niños y jóvenes nacidos en la pobreza, lo
mismo que para las familias de donde ellos provienen.
Toda
acción que contribuya a hacer visible y conciente el hecho -lacerante- de que
hemos desterrado a millones de niños y aceptamos, cotidianamente, el
inaceptable crimen del hambre; toda acción que lleve a los colectivos humanos a
indignarse y a impulsar un cambio, es para nosotros palabra de cristal.
La
Agencia Pelota de Trapo llega a 60 mil lectores utilizando básicamente tres
herramientas: esta página web que se actualiza a diario, un boletín electrónico
semanal enviado a los suscriptores y una revista impresa en papel, sin contar
las ediciones especiales y la reproducción sistemática de sus contenidos a
través de otras agencias o medios de la red.
Hemos
recibido el Primer Premio Infancia 2005 en la categoría Medio de Comunicación,
instituido por la Comunidad de Madrid, España.



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