Jueves
19 de enero de 2012
LOS PELIGROS DE 2012
Escribe
JOSEPH
STIGLITZ (*)
Fuente:
18 de enero de 2012
.
(*)
JOSEPH EUGENE STIGLITZ (1943) es un economista estadounidense. Ha
recibido la Medalla John Bates Clark (1979) y el Premio Nobel de Economía
(2001). En 2000 Stiglitz fundó la Iniciativa para el diálogo político, un
centro de estudios (think tank) de desarrollo internacional con base en la
Universidad de Columbia (EE. UU.). Es el economista más citado en el mundo. Su
último éxito de venta: “Caída libre”: (Estados Unidos, el libre mercado y el
hundimiento de la economía mundial)
.
El año
2011 será recordado como la época en que muchos estadounidenses que siempre
habían sido optimistas comenzaron a renunciar a la esperanza. El presidente
John F. Kennedy dijo una vez que la marea alta eleva todos los botes. Pero
ahora, con la marea baja, los estadounidenses no solo comienzan a ver que
quienes tienen mástiles más altos han sido elevados mucho más, sino que muchos
de los botes más pequeños han sido destrozados por el agua.
En ese
breve momento en que la marea creciente estaba, efectivamente, subiendo,
millones de personas creyeron que tenían buenas probabilidades de cumplir su
«sueño americano». Ahora también esos sueños están retirándose. En 2011, los
ahorros de quienes habían perdido sus empleos en 2008 o 2009 ya se habían
gastado. El seguro de desempleo se había terminado. Los titulares que
anunciaban nuevas contrataciones –aún insuficientes para incorporar a quienes
habitualmente se suman a la fuerza laboral– significaban poco para cincuentones
con pocas ilusiones de volver a tener un empleo.
De
hecho, las personas de mediana edad que pensaron que estarían desempleadas por unos
pocos meses, se han dado cuenta a esta altura de que, en realidad, fueron
jubiladas a la fuerza. Los jóvenes graduados universitarios con decenas de
miles de dólares de deuda en créditos educativos no podían encontrar ningún
empleo. La gente se mudó a las casas de sus amigos y los parientes se han
convertido en sin techo. Las casas compradas durante la burbuja inmobiliaria
aún están en el mercado, o han sido vendidas con pérdidas. Más de 7 millones de
familias estadounidenses han perdido sus hogares.
Este
año parece encaminado a ser aún peor. Es posible, por supuesto, que Estados
Unidos solucione sus problemas políticos y adopte finalmente las medidas de
estímulo que necesita para reducir el desempleo al seis o siete por ciento (el
nivel previo a la crisis de cuatro o cinco por ciento es demasiado pedir). Pero
esto es tan poco probable como que Europa se dé cuenta de que la austeridad por
sí misma no resolverá sus problemas. Por el contrario, la austeridad solo
exacerbará la desaceleración económica. Sin crecimiento, la crisis de la deuda
–y la crisis del euro– solo empeorarán. Y la larga crisis que comenzó con el
colapso de la burbuja inmobiliaria en 2007 y la recesión que la siguió,
continuarán.
Además,
es posible que los países con los mercados emergentes más importantes, que
capearon exitosamente las tormentas de 2008 y 2009, no sobrelleven tan bien los
problemas que se perciben en el horizonte. El crecimiento brasileño ya se ha
detenido y eso genera ansiedad entre sus vecinos latinoamericanos.
Mientras
tanto, los problemas de largo plazo –incluido el cambio climático y otras
amenazas ambientales, y la creciente desigualdad en la mayoría de los países
del mundo– continúan allí. Algunos incluso han empeorado. Por ejemplo, el alto
desempleo ha deprimido los salarios y aumentado la pobreza.
La
buena noticia es que solucionar estos problemas de largo plazo ayudaría a
resolver los de corto plazo. Una mayor inversión para adaptar la economía al
calentamiento global ayudaría estimular la actividad económica, el crecimiento
y la creación de empleo. Impuestos más progresivos, que redistribuyan desde los
ingresos altos hacia los medios y bajos, simultáneamente reducirían la
desigualdad y aumentarían el empleo al impulsar la demanda total. Los impuestos
más elevados a los ricos podrían generar ingresos para financiar la necesaria
inversión pública, y proporcionar cierta protección social para quienes menos
tienen, incluidos los desempleados.
Incluso
antes de la crisis hubo un reordenamiento del poder económico –de hecho, una
corrección de una anomalía con 200 años de historia, en la que la participación
asiática del PBI global cayó desde cerca del 50% a, en cierto punto, menos del
10%. El compromiso pragmático con el crecimiento que se percibe actualmente en
Asia y otros mercados emergentes destaca frente a las equivocadas políticas
occidentales, que, impulsadas por una combinación de ideología e intereses
creados, parecen casi reflejar un compromiso para evitar el crecimiento.
Como
resultado, la reestructuración económica global probablemente se acelere. Y
casi inevitablemente dará lugar a tensiones políticas. Con todos los problemas
que enfrenta la economía global, seremos afortunados si estas presiones no
comienzan a manifestarse dentro de los próximos doce meses.
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